Si hay un tema que en todas las democracias del mundo es el centro del debate político y económico, ese es el de la función, el tamaño y el alcance del sectornuevos-ministerios_2_1949 público. Bueno, en todos los países serios menos en España, y en esto lamentablemente, Cataluña está en el mismo saco que España. Mientras en el mundo serio se discute, se argumenta y se promocionan ideas sobre la naturaleza, el tamaño, el alcance y la viabilidad del sector público, en España se discute sobre quién tiene la gobernabilidad y el poder sobre un sector público absolutamente partidista y con una relación muy sospechosa con los proveedores de infraestructuras y los antiguos monopolios del estado.

España ha pasado de monarquías absolutas, a monarquías casi parlamentarias, arey y franco cortas repúblicas que imitaban la estructura de poder de lo anterior, a una dictadura absolutista, y finalmente a una monarquía partitocrática. El problema de esta secuencia es que todos los modelos de estado siguen el patrón del siglo XVIII, es decir, centralista, ideológico, latifundista, cortesano y lo peor de todo, tremendamente ineficiente. El final de trayecto del despropósito fue la adopción del  “café para todos”, que si la intención fue diluir ciertas aspiraciones nacionalistas de Cataluña y País Vasco, el resultado ha sido una estructura duplicada del estado.

Un alto funcionario de la Generalitat en Bruselas me decía el otro día que para ser independiente, antes Cataluña necesita hacer las cosas diferentes. Es decir: a la independencia se llega por la diferencia. ¿Y en que se puede diferenciar Cataluña del resto de España? Bueno, la lengua ya es una diferencia notable, pero al final es un instrumento para entenderse. Creo que Cataluña, para hacer valer una diferencia significativa, debería replantearse la función pública en su conjunto. Aquí hay dos posibilidades: o se va a un estado con una función pública omnipresente, con servicios completos y con impuestos altos para pagar estos servicios; o se tiende a un estado pequeño, que vele solamente por los servicios básicos, con impuestos más bajos, y que deje a la iniciativa privada un rol más activo en muchos servicios que hoy nos suenan a públicos (ej: Renfe, Aena, TMB, …).

El resultado final, pese a que tengo una opinión sobre ello, debería darnos igual ahora. Lo importante es el debate, los argumentos, lo que se diga en el Parlament, lo que se escriba en los periódicos, lo que se comente en las tertulias, en las senado roma antiguasobremesas: el DEBATE!! Efectivamente no será fácil, ya que si una opción nos deja una carga impositiva fuera de toda lógica, la otra nos deja más parados y más familias con más problemas. Pero si el estado es una herramienta de la que nos hemos dotado, hemos de reconsiderar si Cataluña debe ser una copia del estado español (ineficiente estructural), o si por el contrario hemos de aprender de los errores cometidos durante el siglo XX y la transición, y hacer un estado que realmente nos sirva. Y con ello no digo que sea omnipresente y que nos solucione todos los problemas.

En mi opinión: Sanidad, educación, seguridad, justicia, infraestructuras básicas no explotables, defensa, seguridad alimentaria y la regulación básica de la economía,termina1elprat_457 deberían ser lo realmente público. Lo demás, la experiencia demuestra que la competencia y el libre mercado acaban dando mejor servicio y más eficiente, que lo público. Evidentemente, el estado reduciría su tamaño, pero como hay cosas que son necesarias, la iniciativa privada tomaría las tareas y los puestos de trabajo sobrantes en la administración. Seguramente no todos, pero eso estará diciendo que estaremos haciendo las cosas mejor, y un país que hace las cosas bien, acaba generando más y mejores oportunidades para sus habitantes.

El debate debe ser apasionado, encendido y casi feroz, ya que las decisiones más importantes que un país ha de tomar no pueden ser una colección de argumentos desapasionados. Esto no invalida el “SENY” catalán, ya que uno puede apasionarse con el concepto de “seny” y defender el sentido común, la centralidad y la prudencia, con toda la vehemencia posible.

Así pues, hablemos de cómo ser diferentes pero mejorando lo presente, que es un desastre.

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