La tarde-noche del domingo 25 de noviembre, día de las Elecciones Catalanas, la pasé camino de mi ciudad natal, Ginebra. Me tocaba perderme los interesantes resultados electorales, la victoria del Barça, y la cara de Tomás Roncero en Punto Pelota. Un desayuno al día siguiente con mi ex jefe, un miembro del Consejo de Gobierno del Banco Nacional de Suiza, bien lo valía. Así pues, mi primera conversación sobre los resultados electorales fue con un suizo nacido en EEUU, presidente de un banco cantonal, miembro de un banco central de un país del tamaño de Cataluña, vicepresidente de los ferrocarriles (el sistema venoso de Suiza) y teniente coronel del ejercito helvético.

Como buen suizo, mi amigo empezó con un sutil interrogatorio sobre los resultados. Se interesó por el color y el perfil de los partidos que podía formar gobierno. Por las repercusiones políticas y económicas. Y finalmente llegó a lo interesante: me pregunto ¿por qué queréis ser independientes, la mayoría de los catalanes? Mi respuesta fue encaminada a explicar el conflicto histórico, a poner en valor el maltrato moral, económico y bélico sufrido a manos del antiguo Reino de Castilla (ahora España), a las promesas incumplidas de los diferentes gobiernos de Madrid, y a suscribir los comentarios de reputados economistas que sostienen que España es un lastre para la economía catalana.

Mi amigo, educado en la más estricta tradición dialéctica de la orilla del lago Leman (no interrumpen nunca), espero su turno de réplica para hacerme una radiografía simple, pero que refleja la opinión de alguien que no tiene ningún sentimentalismo con el problema que viven España y Cataluña. Me dijo: “Tienes razón, España es un lastre para Cataluña. Lo que pasa es que estáis demasiado relacionados comercialmente. Si queréis ser independientes, sin pasar por una guerra, primero, vuestras economías han de ser casi independientes. Todavía no estáis ahí (You are not there, yet)”

De vuelta a casa, he podido hacerme con una copia de El País (el único que se encuentra en toda estación de tren en Suiza) y he mirado los resultados. No soy un experto en política, pero daré mi humilde opinión: Hay una mayoría soberanista explícita, pero el que la tenía que liderar ha quedado demasiado tocado. Los unionistas han perdido la fe en los partidos grandes y se han lanzado a los que solamente hablan de dos o tres cosas (gritando e interrumpiendo mucho) porque no gobiernan ni en su escalera. Y el movimiento 15-M abandona a los verdes para irse con la CUP. Resumiendo: Cataluña detiene su paso, y empieza un periodo de duda sobre si quiere ser como parecía que iba a ser.

Me pregunto si Cataluña, como país, sin poderlo decir tan explícitamente como mi perspicaz amigo, está gritando: Creo que todavía no es el momento! ¿Y si se lo pregunta desorganizando el Govern, dejando que los discursos tajantes en cualquiera de las dos direcciones tengan que revisarse porqué ninguno tenía tanta razón como creía, dejando una imagen de sociedad viva y plural que no duda en expresar que duda? Cataluña demuestra de nuevo lo que lleva siendo desde hace más de mil años: el vasallaje y la libertad, Pau i Treva de Deu, Las Cortes, Santa Eulalia, los Tres Braços, la Biga y la Busca, el Consell de Cent, los segadors, los remences, el compromiso de Caspe, el conflicto del vectigal, las capitulaciones de Barbastro, la concordia de Segovia, el capitulo del Toisón de Oro, el 1714, la Renaixença, el Noucentisme, el modernismo, Brossa, Joan Salvat Papasseit, Maragall, Miró, Dalí y Pep Guardiola. Una feroz lucha por algo indefinido, que sabiendo que no es perfecto, es nuestra tierra, nuestro sentimiento más íntimo, nuestra patria y nuestra bandera.

El problema es que Cataluña, en un alarde de su propia caótica incoherencia ordenada, ha estado a punto de defenestrar el mejor político que ha dado este país en mucho tiempo. Lo bueno del President es que su curva de aprendizaje es muy positiva y la próxima ola la surfeará mucho mejor.

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